domingo, 27 de octubre de 2013

NOSOTROS A KILÓMETROS


Llegábamos a casa después de recorrer toda la luz del camino, después de exponernos a la muerte una vez más y es en ese orificio exacto en que morimos, donde resucitamos y volvemos a casa.

Dejo olvidados los tacones azules, que en mis pies son como haber caminado sobre edificios inalcanzables; los dejo justo en el prendedor de los sacos de baile, en la esquina de nuestro dormitorio. Es ahí donde él se queda en silencio oliéndolos como si fueran rosales y yo la rosa, como si mi aroma a Día, quedara guardado en el azul de los tacones. Entonces, dejo olvidado los tacones azules y a él que se prendió por mero fetichismo al cargo suave y espeso de mis pies; y no a mis pies.

Pretendo perseguirlo con palmas, como a mi pequeño gato de la casa, hasta que se asuste y se deposite en la cama a esperarme con sus cabellos negros y sus bigotitos arrugados. Pero no es el gato de la casa, sino es él, que a veces se vuelve un sutil niño bajo mi pecho. Entonces dejo que las blusas y las mañas se desprendan de mí, y el cabello se me alborote como leona en fiesta, y repetir: “Estoy Cansada, no me toques”, y al medio segundo, empezar a tocarle a él como mendiga de su amor que rechazo al mismo tiempo.

Bajo las sábanas, pongo mi mentón sobre la almohada, y dejo que mi cuello se extienda hasta su boca; no sé de qué manera las luces se apagan, pero por la mañana, cuando el sol conquista nuestra alcoba, cuando el pequeño amanecer es ese instante de luz que cae en forma de rayito, sólo sé que la habitación tiene el fluorescente apagado, pero que no estamos a oscuras.

Él no se ha desvestido, tiene la corbata del día de ayer y el uniforme arrugado puesto en ese cuerpo que ya no es de mi niño, sino del hombre que trabaja por sus hijos y su mujer. Pero lo cierto es que no tenemos hijos más que al verdadero gato que se nos prende de la espalda todo el tiempo, los dos andamos arañados como si fuéramos la caja donde se lima las uñas. Y es que los hijos también lastiman a sus padres, pero no con intención, y los padres a veces resisten fuertes golpes porque saben que es lo mejor para sus hijos. Si el gato está con nosotros, nos está educando para ser padres un día. Él ya terminó de abrocharse la correa, sus zapatos negros están exquisitos, brillantes como un cristal al medio día, sin embargo, son solo las 6 y 25 de la mañana; me deja a mí, todavía desfallecer con el mentón sobre la almohada, respirando con la boca semi-abierta, con el dolor de panza que me cruje todas las mañanas, y las legañas en los ojos, no debo olvidar ese otro detalle del cabello, nunca está quieto, siempre soy una leona, pero ahora sólo una leona con sueño.

¿Por qué no llega? … esa pregunta definitivamente no me pertenece, ya que él suele estar en casa exactamente a las 9 horas del día, soy yo la que no llega, y él está ansioso esperándome con su nariz al fuego, en esas ropas que dejé el día anterior sobre el lavador, que aún no se lavan. Siempre le repito: “Todo lo del lavador se debe lavar”… pero él se niega, dice que si se lavan se le irá el olor a mí.

El almuerzo se prepara, no sé qué manos tienen la caricia de preparar los alimentos, ni si quiera él lo sabe, lo cierto es que a las 2 de la tarde, sentados ambos sobre las sillas junto a la mesa ya puesta, él alza los cubiertos, yo en cambio, me recojo las mangas de la blusa, y mientras el despedaza la carne con su cuchillo, yo como buena leona, le arranco a mordiscos la piel que cubre a el animal, a los animales!

Pues los hombres también se convierten en salvajes animalitos, pero yo Reina de la Selva, siempre almuerzo a mi presa. Tengo que negar la tesis de que en mis momentos libres me convierta en ovejita, y mi hombre celestial, descienda sobre mí, para desaparecerme los pechos, y las faldas.

Pero esa no es la parte de la historia que toque ahora contar, sino el almuerzo cotidiano de las 2 de la tarde. Él termina de almorzar después de 30 minutos de haberse servido el almuerzo, yo para esa hora ya estoy en mi aposento, descansando; los platos se dejan en el lavador, y a ver si el hombre se compadece y no me deja arruinarme el manicure. Él no tiene mucho que desear, tiene tiempo de sobra para acostarse junto a mí, y acurrucarse en mi pecho hasta despertarme y él quedarse dormido, enciende mis deseos y él se apaga con los suyos. La alarma suena a las 2 y 45 de la tarde, ha dormido solo 5 minutos, los otros diez minutos se los pasó haciendo algo conmigo que no puedo contar.

Al trabajo de nuevo, él. Yo me mantengo en este lugar tangible y húmedo que él sabe dejarme muy bien. Yo trabajé toda la mañana, no piensen ni digan y menos murmuren que él trabaja y yo descanso. Él hizo su descanso igual que yo pero por la mañana, a partir de las 9 am en las que estuvo en casa, no se olviden ese detalle.

A las 5 de la tarde, algo dubitativa, al fin me decido… entonces muevo los pies como el andador de la abuela, arrastrándolos lentamente y haciendo ruido. Me enjuago la boca antes de lavarme la cara, ni si quiera pienso en una ducha, suficiente por la mañana, no quiero ser tan limpia. La universidad ya terminó, por eso es que no menciono ni clases ni asistencias ni faltas, adquiero un libro, abro la puerta de la oficina, y me doy por satisfecha si llega un cliente con un buen salario para mí, por estos servicios que brindo con alguna deficiencia y buen sentido del humor. (Pero, vamos!, ellos no saben que soy deficiente, así que adelante, ahí está la caja fuerte, no se olviden de los intereses por demora en mi pago). Trataba de no ser el tipo de abogado corrupto que existe, y digamos que aún no lo soy y no espero serlo, pero tampoco soy una gran jurisconsulta, soy humana y suelo equivocarme, pero las cosas que hago también resultan estar hechas con mi corazón. Las personas que tienen de dónde, pagan!... las que no, se les contempla en su dolor y se les entiende. Trabajo gratis también, así que nadie se queje.

A las 9 de la noche, ya estoy bastante cansada, cierro la puerta, se acabo el negocio turbio. Esta vez, todos estamos seguros que la cena me corresponde, así que me tomo 30 minutos para pensar en qué dar de comer a mi niño-gatito-hombre; pienso en el fruto maduro y verde, que acompaña el pan como una delicia que otros países no tienen la dicha de probar: Palta. En casa nunca hacen falta.
Las palpo hasta saber cuál debo cortar hoy día (no sé por qué lo pienso tanto si siempre por las noches comemos lo mismo). Él llega y tiene siempre algo que tomar, que por cierto… pensándolo bien… aún no sé qué es lo que toma por la noche, pero sé que algo toma, quizá un jugo de papaya nocturno, y por nada del mundo le falta pan con palta y sal.

Después de la cena, ya que éste es un día normal “Lunes”, nos recostamos a ver la televisión, abrazados, él pone su oído en mi vientre, “Anoche algo hicimos muy bien”, me susurra al oído. Se contemplan las opciones de los 9 meses, los nombres de ella… Victoria – Azucena. Intentamos unas mellizas esta noche. Hasta que las luces, quién sabe cómo… se vuelvan a apagar.

11:58 pm / 26-oct-13

Claudia Jimena Arévalo Santa María



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