Me había gustado ese asunto de perderme como una luciérnaga tras el
camino a casa, ese asunto de iluminar por momentos la vida de otros y, apagarme
justo al fallecer en una carretera oscura bajo la luna y ese rededor de campos;
el quedarme quieta a esperar que los semáforos me avisaran que es seguro
caminar y que, ese otro silencio al que me rindo como princesa, vale más que un
corazón a espera de los besos.
Me había gustado esa vida en la que se pierde la energía después de
habernos trepado por los árboles de la casa y después esos sorbos profundos a
la sopa de la abuela; con qué gusto nos trabábamos en los pellejos de la res
que nos servían cuando visitábamos a la gente del campo; mi tía era llamada
doctora, aunque trabajaba como agricultor y era sólo una ingeniera agrícola,
ella solía llevarnos a la chacra, donde nos recibían como a la reina y los
pequeños príncipes, y yo feliz de ser tratada como de la realeza. Ellos se
avergonzaban de las “miserias” que podían ofrecernos, pero qué delicia cada
miseria que llegaba a mi boca, el buen pato con alverjas, el chancho fresco
recién frito en cebolla y ese mote gordo y amarillo puesto sobre la mesa, yo no
veía miseria alguna, al menos no repetían el plato que en casa era la mejor
fuente de vida (huevo frito, huevo sancochado, huevo en tortilla, suflé de
huevo).
El aire fresco y el sol cayendo sobre mis hombros, mi piel
sancochándose en brisa y campo, sobre-todo cuando era día de sembrar y en mi
intento de ayudar cogía todas las semillas y las colocaba en la parte inferior
de mi blusa que doblaba hacia arriba para figurar que era un bolsillo bastante
grande y, posteriormente, golpeaba la tierra con mi zapato, colocaba la semilla
en el agujero de la tierra, otra vez volvía el zapato para cubrirla, quién sabe
qué más hacían pero al cabo de un tiempo, la tía entraba a nuestro dormitorio
para decirnos que era día de cosecha, que todo nuestro esfuerzo habría cobrado
resultado, y después la abuela agregaba: “Porque todo con esfuerzo, se alcanza”.
De alguna manera aquellas frases de la abuela me habrían de servir todo el
tiempo.
Después se compraría una casa en la chacra. Era Enero de algún año que
ya no recuerdo, pero había recibido unas zapatillas para Navidad que eran
preciosas, rojas completamente, pequeñas y de filos blancos, me encantaban; para
entonces todavía calzaba 34. Aquella mañana de Enero, la tía entró otra vez a
nuestros dormitorios a decirnos: “Hoy día nos vamos a la casa de la chacra a
pasarlo todos juntos”; por supuesto “todos juntos” implicaba a la tía, el tío,
la abuela y mis hermanos; sin mamá o papá igual era un asunto bastante
emocionante. Ni si quiera imaginaba cómo sería, pero mis
ojos prendidos y enchispados no se cerraban ni por un segundo durante el
trayecto de llegar. Recuerdo haberme pasado todo el camino mirando la
carretera, las casas, los árboles cubiertos de verano, ancianos por doquier con
su sombrero gigante de paja, algunas mujeres descalzas y los niños ni qué
decir. Mis ojos se detuvieron en un caballo alto que llevaba en su lomo a la
anciana más hermosa que había visto en el mundo, ella se marchaba quién sabe a
dónde. Sonó la alarma del reloj de la tía y me despertó, ni si quiera había
notado el momento en el que me había quedado dormida; pero cuando desperté, lo
primero que asomaron a mis ojos, fue la imagen más dulce de una casa llena de hogar;
blanca y pequeña, con puertas de madera y una minúscula ventana hecha de ramas
y hojas secas; al frente de la puerta, dos hamacas amarradas del tronco de los
árboles y más allá de ellas, un inmenso bosque y flores extremadamente bellas.
Tiesa, en una total quietud, observaba desde lo ancho a lo largo, lo
primero que hice fue subirme en una hamaca, balancearme y columpiarme
suavemente mientras miraba el cielo, el sol cayendo directamente sobre mi
rostro, la brisa fresca y cálida moviendo mis mejillas, algunas hojas secas
abrigando mi cabello, respiré profundamente para descubrir que no había otro
momento mejor que el ahora.
Me había gustado esa vida en la que la amnesia se había apoderado de
“ella”, “ella” que resultaba ser la mujer que vivía cada segundo sin recordar
si quiera lo que había hecho antes o lo que debía hacer después, casi siempre
era una niña revolcándose en la arena, trepándose en los anchos árboles,
escalando montañas, sacando mangos y lanzándolos al canasto, ella que se
ensuciaba sin recordar que debía limpiarse después, ella que jugaba sin pensar
en que podía lastimarse al caer. Me gustaba esa amnesia que era mejor que la
vida. Recuerdo que una tarde, todos la habían engañado: “Es tu cumpleaños”, le
decían; y ella se iba a abrazar a la primera persona que tenía cerca; al
siguiente minuto se olvidaba de eso; y otra vez le decían: “Es tu cumpleaños”,
sin pensarlo dos veces, volvía a reclamar su abrazo. Esa tarde se la pasó
abrazando a todo el mundo sin ser su cumpleaños realmente. Ojalá una tarde se
nos diera la dicha de la amnesia y por un momento poder arriesgarnos a creer en
el otro y a disfrutar de esa mentira como si fuera real.
Una mañana, se recibió una invitación de una cena en Jayanca, uno de
los doce distritos de la provincia de Lambayeque, lugar donde había nacido
mamá, papá, hermanos, tíos, y aunque no yo, como si lo hubiere hecho también
ahí; todos se empezaron a vestir, buscaban los trajes más bonitos, y yo decidí
usar mi vestido fucsia con una blusa a cuadros fucsia y blanca y mis zapatitos
brillantes puestos en mis medias blancas con blondas. Tenía 8 o 9 años probablemente,
me había hecho dos trencitas en el cabello y sin más, nos fuimos a Jayanca,
donde nos esperaba una inmensidad de fruta a punto de ser cosechada, había
tanta diversidad de plantas, y la casa pequeña de madera y paja; toda la tarde
me la había pasado encima de los árboles sacando ciruelas y frutas de todo
tipo, había llenado el carro en el que habíamos venido, de únicamente fruta;
por la noche, me senté cerca de la abuela y la otra señora, que tenía el rostro
claro y el cabello blanco, las arrugas perfectas, el cuerpo ideal, el vestido y
los zapatitos más hermosos, ahí estaba yo, mirándolas a ambas servirse el café;
cuando me serví el café, me sentí como en una nube que llegaba poco a poco al cielo,
era el más delicioso café que había probado, y que con toda seguridad puedo
decir, nunca más he vuelto a probar hasta el día de hoy 8 de Junio del año
2013. Comprendí que tomar café con galletas resultaba ser suficiente para
satisfacer mi hambre, resultaba ser mejor que cualquier otro platillo.
La abuela caminaba casi a la perfección, pero cuando empezó a dolerle
los huesos, dejó también el andar. A partir de ese momento, cada noche me había
juntado las manitos para pedirle a Dios que la abuela Bertha, vuelva a caminar
como siempre, hasta exageradamente le pedía a Dios que la abuela corriera e
hiciera maratón con sus hijos. Claro, esas cosas no se dieron nunca, lo cierto
es que ella ahora aprendió que el tiempo es solo uno, y ningún segundo se
repite, aprendió que el mundo es un sube y baja, y que ella ahora está bajando,
pero antes… ¡Cuánto había subido!
Me había gustado toda esa vida hasta que, una mañana me di cuenta que
todo mi ahora era perfecto.
08 - jun-13
Claudia Jimena Arévalo Santa
María
No hay comentarios:
Publicar un comentario