domingo, 27 de octubre de 2013

“La infancia que se queda”

Me había gustado ese asunto de perderme como una luciérnaga tras el camino a casa, ese asunto de iluminar por momentos la vida de otros y, apagarme justo al fallecer en una carretera oscura bajo la luna y ese rededor de campos; el quedarme quieta a esperar que los semáforos me avisaran que es seguro caminar y que, ese otro silencio al que me rindo como princesa, vale más que un corazón a espera de los besos. 

Me había gustado esa vida en la que se pierde la energía después de habernos trepado por los árboles de la casa y después esos sorbos profundos a la sopa de la abuela; con qué gusto nos trabábamos en los pellejos de la res que nos servían cuando visitábamos a la gente del campo; mi tía era llamada doctora, aunque trabajaba como agricultor y era sólo una ingeniera agrícola, ella solía llevarnos a la chacra, donde nos recibían como a la reina y los pequeños príncipes, y yo feliz de ser tratada como de la realeza. Ellos se avergonzaban de las “miserias” que podían ofrecernos, pero qué delicia cada miseria que llegaba a mi boca, el buen pato con alverjas, el chancho fresco recién frito en cebolla y ese mote gordo y amarillo puesto sobre la mesa, yo no veía miseria alguna, al menos no repetían el plato que en casa era la mejor fuente de vida (huevo frito, huevo sancochado, huevo en tortilla, suflé de huevo).

El aire fresco y el sol cayendo sobre mis hombros, mi piel sancochándose en brisa y campo, sobre-todo cuando era día de sembrar y en mi intento de ayudar cogía todas las semillas y las colocaba en la parte inferior de mi blusa que doblaba hacia arriba para figurar que era un bolsillo bastante grande y, posteriormente, golpeaba la tierra con mi zapato, colocaba la semilla en el agujero de la tierra, otra vez volvía el zapato para cubrirla, quién sabe qué más hacían pero al cabo de un tiempo, la tía entraba a nuestro dormitorio para decirnos que era día de cosecha, que todo nuestro esfuerzo habría cobrado resultado, y después la abuela agregaba: “Porque todo con esfuerzo, se alcanza”. De alguna manera aquellas frases de la abuela me habrían de servir todo el tiempo.

Después se compraría una casa en la chacra. Era Enero de algún año que ya no recuerdo, pero había recibido unas zapatillas para Navidad que eran preciosas, rojas completamente, pequeñas y de filos blancos, me encantaban; para entonces todavía calzaba 34. Aquella mañana de Enero, la tía entró otra vez a nuestros dormitorios a decirnos: “Hoy día nos vamos a la casa de la chacra a pasarlo todos juntos”; por supuesto “todos juntos” implicaba a la tía, el tío, la abuela y mis hermanos; sin mamá o papá igual era un asunto bastante emocionante. Ni si quiera imaginaba cómo sería, pero mis ojos prendidos y enchispados no se cerraban ni por un segundo durante el trayecto de llegar. Recuerdo haberme pasado todo el camino mirando la carretera, las casas, los árboles cubiertos de verano, ancianos por doquier con su sombrero gigante de paja, algunas mujeres descalzas y los niños ni qué decir. Mis ojos se detuvieron en un caballo alto que llevaba en su lomo a la anciana más hermosa que había visto en el mundo, ella se marchaba quién sabe a dónde. Sonó la alarma del reloj de la tía y me despertó, ni si quiera había notado el momento en el que me había quedado dormida; pero cuando desperté, lo primero que asomaron a mis ojos, fue la imagen más dulce de una casa llena de hogar; blanca y pequeña, con puertas de madera y una minúscula ventana hecha de ramas y hojas secas; al frente de la puerta, dos hamacas amarradas del tronco de los árboles y más allá de ellas, un inmenso bosque y flores extremadamente bellas.
Tiesa, en una total quietud, observaba desde lo ancho a lo largo, lo primero que hice fue subirme en una hamaca, balancearme y columpiarme suavemente mientras miraba el cielo, el sol cayendo directamente sobre mi rostro, la brisa fresca y cálida moviendo mis mejillas, algunas hojas secas abrigando mi cabello, respiré profundamente para descubrir que no había otro momento mejor que el ahora.

Me había gustado esa vida en la que la amnesia se había apoderado de “ella”, “ella” que resultaba ser la mujer que vivía cada segundo sin recordar si quiera lo que había hecho antes o lo que debía hacer después, casi siempre era una niña revolcándose en la arena, trepándose en los anchos árboles, escalando montañas, sacando mangos y lanzándolos al canasto, ella que se ensuciaba sin recordar que debía limpiarse después, ella que jugaba sin pensar en que podía lastimarse al caer. Me gustaba esa amnesia que era mejor que la vida. Recuerdo que una tarde, todos la habían engañado: “Es tu cumpleaños”, le decían; y ella se iba a abrazar a la primera persona que tenía cerca; al siguiente minuto se olvidaba de eso; y otra vez le decían: “Es tu cumpleaños”, sin pensarlo dos veces, volvía a reclamar su abrazo. Esa tarde se la pasó abrazando a todo el mundo sin ser su cumpleaños realmente. Ojalá una tarde se nos diera la dicha de la amnesia y por un momento poder arriesgarnos a creer en el otro y a disfrutar de esa mentira como si fuera real.

Una mañana, se recibió una invitación de una cena en Jayanca, uno de los doce distritos de la provincia de Lambayeque, lugar donde había nacido mamá, papá, hermanos, tíos, y aunque no yo, como si lo hubiere hecho también ahí; todos se empezaron a vestir, buscaban los trajes más bonitos, y yo decidí usar mi vestido fucsia con una blusa a cuadros fucsia y blanca y mis zapatitos brillantes puestos en mis medias blancas con blondas. Tenía 8 o 9 años probablemente, me había hecho dos trencitas en el cabello y sin más, nos fuimos a Jayanca, donde nos esperaba una inmensidad de fruta a punto de ser cosechada, había tanta diversidad de plantas, y la casa pequeña de madera y paja; toda la tarde me la había pasado encima de los árboles sacando ciruelas y frutas de todo tipo, había llenado el carro en el que habíamos venido, de únicamente fruta; por la noche, me senté cerca de la abuela y la otra señora, que tenía el rostro claro y el cabello blanco, las arrugas perfectas, el cuerpo ideal, el vestido y los zapatitos más hermosos, ahí estaba yo, mirándolas a ambas servirse el café; cuando me serví el café, me sentí como en una nube que llegaba poco a poco al cielo, era el más delicioso café que había probado, y que con toda seguridad puedo decir, nunca más he vuelto a probar hasta el día de hoy 8 de Junio del año 2013. Comprendí que tomar café con galletas resultaba ser suficiente para satisfacer mi hambre, resultaba ser mejor que cualquier otro platillo.

La abuela caminaba casi a la perfección, pero cuando empezó a dolerle los huesos, dejó también el andar. A partir de ese momento, cada noche me había juntado las manitos para pedirle a Dios que la abuela Bertha, vuelva a caminar como siempre, hasta exageradamente le pedía a Dios que la abuela corriera e hiciera maratón con sus hijos. Claro, esas cosas no se dieron nunca, lo cierto es que ella ahora aprendió que el tiempo es solo uno, y ningún segundo se repite, aprendió que el mundo es un sube y baja, y que ella ahora está bajando, pero antes… ¡Cuánto había subido!

Me había gustado toda esa vida hasta que, una mañana me di cuenta que todo mi ahora era perfecto.

08 - jun-13
Claudia Jimena Arévalo Santa María 

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