domingo, 27 de octubre de 2013

MAR DEL PLATA

Son como pequeñas cabañitas adornando la ciudad de cielo y fogatas intentando alzar los vuelos y verse en las esquinas de las nubes; eran así las casas y las chispas de esta novísima ciudad en la que me encontraba: Mar del Plata.

No era ninguna forma intuitiva de pertenecer a este acogedor lugar, más bien era un paradigma indescriptible el sólo hecho de llegar a habitar, por medio segundo, las calles que ahora mis pies recorren, costumbristas y pordioseros de un reloj poderoso acuestas de los tobillos. Al fin me encontraba entre estas tejidas calles, andando como muñeca de porcelana encubriendo su delicada piel de los inmensos y enojados rayos del sol. Esta era mi forma de estar cada segundo y no perderme ningún aguacero.

La noche tiene estrellas sueltas que abotonan el cielo con su piel desnuda y nubes que tienen forma de clavel y aroma de rosas blanquecinas y celestes, la noche se llama Alfonsina y se atrapa en el mar, para bañar su cuerpo de mujer prisionera, al cabo sale siendo una princesa de aromas y formas totalmente impredecibles, la delicia que sumerge y colapsa se compara con las frutas almidonadas y el agua ardiente de los pueblos más cercanos a mi país: Perú; sin embargo es  ésta la noche en que reparo, la que me alcanza en Argentina, y puedo estar totalmente segura que es la misma que las que he consumido diariamente en mi país.

El primer día en que Argentina me recibió con su cordialidad dulcísima, las rondas de mis pies con los de mi madre eran infinitos, y nada nos cansaba más que los viajes donde únicamente permanecíamos quietas en un sofá molesto y aburrido, era ese instinto de caminar en busca de lo desconocido: el instinto placentero de conocer. Nuestros pies no abrían la boca para quejarse, sino para presumir, presumir ligeramente nuestro status viajero y sumido a un gobierno totalmente distinto al nuestro, subsumirnos en la conciencia de otros, en el pensamiento de otros, a la espera de lo inalcanzable, como si no supiéramos que el deseo de abarcar mucho más que nuestra mirada, era insaciable.

Esos desvíos llenos de avenidas y cruces de colectivos, autos amarillos con negro, se crucificaban entre árboles y canastos de flores, la verdad es que Argentina tiene un brío singular… la luz verde que precede a las demás, el de los pastos llenos de rocío, el de los cercados que son una sumatoria de gigantescos robles y grandes ramas cubiertas de hojas frondosas. La rosa que nace entre las rosas y el viento que las orienta a mis ojos, serán mi calabozo estos tiempos en que mi  país me ha liberado de sus brazos jocosos y secos; y yo feliz de ser presa también de esta otra libertad condenatoria.

Cada paso es una terrible coincidencia de dichas y maravillas mientras la mirada permanezca sobre las casas, tejados, y árboles húmedos como el lagrimal…  No hay que topar nuestros ojos con el suelo, difícilmente se puede disfrutar del misterio cuando se busca tener el piso seguro bajo nuestros zapatos; cada espacio a nuestro alrededor habría sido una sorpresa cautivante, el nivel ecológico que sobrepasa a mi país es exquisito como un pastel de frutas.

He disfrutado tanto del silencio, que poco he recordado qué es tener que concentrarse para andar en silencio con la bulla exterior carcomiendo nuestros oídos. En las calles, transitar es un paseo amistoso, donde la imprudencia deja de existir para dejarnos conquistar por la cordialidad de los humanos, que realmente parecen ser humanos y rebalsar su instinto de sensibilidad. Cruzar de calle en calle y verse puesto frente a un auto que desea pasar por el mismo camino que uno, alzar los ojos a los suyos y notar que se detiene y te invita a pasar primero… (se me llena de algarabía mi pobre corazón, mientras lo narro sobre estas hojas a las que intento dar vida), eso no sucedería ni por coyuntura y suerte en el Perú, pocos son los hombres cordiales que habitan mi país, y los pocos que existen por allá todavía consiguen sacarnos sonrisas hasta enamorarnos nuevamente del color de la felicidad.

Tuve toda una sorpresa la segunda noche que pasé como intentando fecundar mi rostro de mar y cielo, mis piernas frías como los témpanos de hielo y mis manos cobardes, temblorosas hasta el umbral de  los dedos, cuando de pronto, asomaba su voz frágil y disímil a las demás, Edwin, un hombre ya hecho de tiempo y cordura, hombre que prendió mis ojos con pequeñas hilachas de fuego al conducirme directamente a ese mar que buscaba con locura, a ese mar que jamás había podido soñar mientras mi otra ciudad me llenaba de besos y elogios; el mar de ella, la mujer que se entregó a la curvatura de una sirena, y entregó sus piernas a los vientos y esa poesía, que no olvida nunca el pueblo, despilfarró a las eternas olas sin retorno.
Eran mis besos prendados en la noche de Mar y un hombre que sabía de mi aroma se agigantaba hasta los cielos. Alfonsina Storni se arrodillaba en un laberinto de Mar, y nuevamente sollozaba como recitando versos a mis besos, “lanza su piel hasta quedarse sin ella y… sin ella”. Así acabó el día para ella y nosotros.

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Han pasado doce noches fuera de mi país, y tal parece que fuera ésta la primera en recordarme que partí de un mundo al que he amado con locura, a otro donde conozco poco y siento que amo de la misma manera. No sé cómo no amar lo que me rodea, aún en un calvario de rejas negras y pijamas de rayas, se me quebraría la voz con solo mirarme en rededor a otro hemisferio, que es tal cual es éste y los otros, milagros. No me voy a detener, mis ojos han conocido moradas en otros ojos, cándidos como las voces que he alcanzado a oír desde el recorrer de las olas del mar, hasta los vientos queriendo partir nuestra alma en mil pedazos confusos y difusos. Ahora estoy agradecida porque conocí innumerables personas que aguardan con sonrisas, y que cada una de ellas sabe conmover hasta el llanto.

No todo es un gran ramo de rosas y claveles, también han sido infortunios los que se han vivido desde este otro horizonte, sin embargo… como dijo Azul: “haber conocido el mar de Alfonsina, vuelve automáticamente en un éxito este viaje”

Ahora me retraso un poco. Pierdo la razón de tener únicamente diecinueve años, medito en la posibilidad de tener más de la cuenta, y de aferrarme a los amores, como me aferro ahora a mi madre. Sin embargo, es tan imposible imaginarlo,  y me llamo la atención, casi me refuto y me complico; me digo a mi misma… “es ésta la estación a la que llegaste”, la cual es todo un éxito, aunque en el camino tenga que perder cordura y personas. Mi precio está saldado. Y la cuenta es regresiva.

12:40 pm / 22- enero-13

Claudia Jimena Arévalo Santa María

Argentina, Mar del Plata.

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