Mi temor más grande es que
insospechadamente y por mal augurio, percibas mi aroma a cebolla incluso cuando
converso contigo sólo por teléfono. Que las líneas telefónicas con el tiempo se
vuelvan poderosas, que la tecnología nos alcance hasta los senos, y la
comunicación corporal se convierta en un simulacro de vanidad que nos permita
chatear con el pecho y seducir con el lenguaje.
O quizá el inerte sabor a pescado recién frito conduzca mis uñas largas
a mi boca, por el placer de liberarme de las espinas que habitan en ella, y que
expulso con la lengua.
No sé si el temor más grande es
que ahora me envíen besos por el computador e identifiquen rápidamente el
almuerzo de este día, que se note a ciegas que no me lavé la boca, que perciban
el olor de mis ojos sin lavar, o que después de haber llorado toda la noche,
mis párpados se queden secos y vacíos, y que los perciban sin necesidad de
tocarme los ojos hasta volvernos ciegos todos.
No imagino un mundo, donde la
cadera sea subversiva, indecorosa y cableada, que para moverse tengamos
que enchufarnos los alambres, conectarnos a la pared y, si no nos dejamos oír,
adaptarnos un par de parlantes Kicker y
el asunto etéreo se solucione con prisa e inteligencia.
Mi temor más grande es probablemente
el intento absurdo de pisar una cucaracha y que con un simple click o control Z,
reviva de nuevo hasta invadir mi casa. Quizá aún no quede claro mi proceso de
temer. Pero ¿será posible que la vida también se convierta en un mecanismo
meramente electrónico, inteligible y pedante?
A la hora de morir, el único en
llorar será el fallecido. Le temo a ese tipo de vagancia.
3:42 pm / 08- oct-13
Claudia Jimena Arévalo Santa María
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