(Hoy día un anciano subió al micro en el que yo viajaba, empezó a cantar para pedir limosna, y yo le entregué parte de mi dinero, recuerdo que él después de obtener el dinero, se detuvo cerca a la ventana, y dejó de cantar; yo bajé y deseé no haber bajado con dinero, sino sin él)... Así nació lo siguiente:
Le voy rogando con añoranza a la
voz del cielo, que las nubes le adornen al hombre que canta; en silencio, con
los ojos puestos en el suelo, le voy rogando a la voz del cielo… Que las nubes
le adornen al viejo que canta. Mientras se me cruza la frente de besos, y en
mis oídos su voz de piedad, le voy rogando en silencio… le voy rogando en
silencio.
Atraviesa sus pies con los míos,
su alma se queda deshecha con la mía, su detenerse se comparte a la distancia,
su canto se vuelve un rio transcurriendo montañas. Atraviesa mareas, suplicios
de hombres ajetreados y de mujeres enamoradas de sus esposos, y de todo lo que
se vuelve miseria tras las llagas que siembran sus ojos. La moneda derrama la
misericordia, el hombre que canta se queda callado, los niños que escuchan
empiezan a gritar, los buses rompen ventanas, los semáforos toman su tasa de
café mientras dialogan la hora correcta para pasar las calles. El aire es un acondicionador
de momentos idóneos para vivir. El viejo se coge de los fierros que apoyan
ventanas, la puerta se abre y se cierra más de mil veces durante el día,
durante su vejez. Le estoy rogando y ya olvidé las palabras, mis piernas se
bajan y me arrepiento de haber dado mal los pasos, y ya no está el anciano, lo
dejé abandonado en la ventana. Y cada moneda parece haberse querido ir de mi
lado, parecen haber querido que las abandone con el anciano, por misericordia.
Y dejo de rogar tras mi trayecto, el otro hombre aún está con el anciano, el
otro hombre aún no cruza la calle a la vida, aún no sabe que allá afuera los
carros siguen detenidos, y que los semáforos ya no toman más tasas de café.
10:49 pm
10/11/2013
Claudia Jimena Arévalo Santa María.